Verónica Volkow Fernández
Se ha dicho en múltiples contextos que de las revoluciones planteadas por el siglo xx, la única que realmente no desembocó en el fracaso y la desilusión fue la de la liberación femenina, generando nuevas posibilidades de destino y de identidad para las mujeres.Un creciente interés por los mundos femeninos se vino desarrollando tanto con trabajos teóricos como con artísticos.El Segundo sexo de Simone de Beauvoir, 1 con su análisis de la falta de paridad entre los códigos que rigen lo masculino y lo femenino, se constituyó en un parteaguas definitivo para los estudios literarios y sociales generando nuevos paradigmas y enfoques críticos.Según Beauvoir no existen dos códigos, uno para lo femenino y otro para lo masculino, sino que hay un código único, el masculino, que establece la normatividad y ante el cual lo femenino se halla de entrada sometido y en falta.Más allá del concepto althusseriano de ideología, esta unicidad del código impositivo se ha extendido ubicuamente para el estudio de colonialismos de diverso orden.Por otro lado, los textos que conmocionan son los de Gayle Rubin, 2 quien ha buscado sondear en los más primitivos albores de las comunidades humanas la fuente de la desigualdad social de las mujeres, su sometimiento a brutales restricciones y su extrema vulnerabilidad.Rubin topa la causa en los viejos pactos tribales que destinaban a las mujeres para ser regalos de intercambios políticos o para establecer alianzas con otros linajes, pueblos o naciones, convirtiendo a los hombres en los dueños de su